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Un monstruo llamado Alzhéimer.

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Tan simple parecía vivir, que en unos cuantos suspiros la vida pasó, con sus años, meses, días y horas… Y cuando se dió cuenta allí estaba, postrada en una silla. Su cuerpo permanecía a pesar del deterioro sufrido. En cambio hacía tiempo que ella ya no estaba.

De unas confusiones tontas, cómo olvidarse de dónde están las llaves. Había acabado perdiéndose en aquellos laberintos interminables en los que la enfermedad la había inmerso.

Ella ya no era aquella mujer educada y sensible, madre de sus hijos que la sociedad le había enseñado a ser.

Ahora una mirada enfermiza y pérdida, miraba a algún punto fijo en el horizonte.

De su boca salían toda clase de improperios hacia todo aquel que la ayudaba  y de vez en cuando pedía auxilio, quería que alguien le ayudará, le salvará de aquella tortura. Ella solo quería morir. Descansar por fin.

Los días pasaban, y cada vez estaba más lejos, más perdida, su cuerpo cada vez más vacío, sin emociones, sin órdenes, sin vida.

Ella sufría, porque no entendía porque nadie le rescataba de aquel monstruo que poco a poco la engullía dejando solo los instintos más primarios.

Ahora os hablaré de aquél monstruo.

No, no os voy a contar uno de esos cuentos para asustar a los niños, sino de una dramática realidad con la que conviven miles de familias.   
Como os decía es un monstruo, uno terrible y déspota. No vive bajo la cama, tampoco dentro del armario. Es un ser incorpóreo, silencioso, que nadie ve venir, ni nadie ve marchar. Llega a modo de “despistes tontos” y poco a poco va arraigándose en lo más profundo de las personas. Se alimenta de recuerdos, de vivencias. De la esencia misma que nos hace ser únicos. Traga nuestra empatía; la misma que nos hace personas, nuestro cariño y nuestra humanidad junto a los sentimientos más profundos y puros. Dejando cruelmente para el final la parte menos racional, los instintos más básicos e innatos del ser humano, hasta llevarse toda la energía y dejar una cáscara vacía y sin vida. Ese ser no tiene piedad, no hace distinción alguna entre buenas y malas personas. Dicen que se hace más fuerte y que ahora llega antes y que nunca se arrepiente.

Solo puedo deciros, que sintáis, que améis, que valoréis, que viváis. Porque tarde o temprano el monstruo del Alzhéimer puede llegar para quedarse.

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Vivimos en la sociedad del isismo y el nopuedoismo.

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Vivimos en una sociedad donde a simple vista parece que lo podemos poseer todo. Nos crean la necesidad de desear cosas que no necesitamos y nos hacen sentir que lo que tenemos no es suficiente.

Nos preocupamos de lo que no tenemos sin tener en cuenta lo que ya hemos conseguido.

No damos valor a lo que poseemos y a su vez valoramos lo que otros tienen.

Nos han hecho creer que para ser felices necesitamos todo, y cuando llegamos a ese “todo” miramos hacia arriba y vemos que la meta es inalcanzable.

Cada día nos levantamos con la sensación de insatisfacción, siempre con quejas, y cuando alguna buena idea, sueño u objetivo, ronda por nuestra mente… un “NO PUEDO” derriba toda intención de atrevimiento. Dejándonos siempre bien “cobijados y protegidos” en nuestra  zona de confort.

El isi y el no puedo se han convertido en una enfermedad degenerativa de objetivos, uno por uno van exterminando todos nuestros sueños, y esos huecos son suplantados por miedos y anclajes automáticos, de los cuales su función es quitarnos automáticamente toda nueva idea por pequeña que sea , de atrevernos a hacer eso que tanto deseabamos.

Dicen que  la zona de confort es un hermoso y placentero lugar, pero que allí no crece nada en absoluto.

Y que los sueños crecen más allá de los miedos.

 

El conformismo nos hace sentir que lo que tenemos es lo que nos ha tocado, que lo que soñamos es imposible, y que debemos tener los pies en la tierra y dejarnos de tantas tonterías… todo ello nos hace mirar para otro lado, cerrar los ojos y sumergirnos en la vida rutinaria… dejando de soñar, dejando de volverlo a intentar.

No seas un quiero y no puedo.

Así que, a partir de ahora, coge fuerte las riendas de tu vida, como si fueran un timón y siéntete el capitán de tu vida, navega más allá del miedo, conoce otras tierras, adéntrate en lo desconocido, arriésgate. Solo así sabrás el próximo destino.

Recuerda: Sólo tú debes marcar el rumbo de tus días.

¿Qué crees que te diría tu yo de 80 años?

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Es muy común sentir que nuestros problemas son gravísimos, nos convencemos de que todo va mal, a veces todo nuestro día gira entorno a un problema, y nos olvidamos de vivir el momento presente.
Una ruptura sentimental, problemas de trabajo, una disputa con un compañero, no poder elegir vacaciones la semana que queremos, una avería del coche… Cualquier cosa es buena para sentir que tenemos mala suerte, que el mundo va en nuestra contra o que somos muy infelices.
Ahora te propongo un ejercicio.
Cierra lo ojos e imagina que estás en una habitación, hay dos sillones, delante una televisión, en un sillón está tu yo de 80 años y en el otro tú.
Recuerda eso que tanto te preocupa.
¿Qué crees que te diría tu yo de 80 años?
Recapacita un momento.
Ahora sé sincero/a y piensa si lo que te preocupa, es tan importante como para no disfrutar de momento, que al fin y al cabo es lo que conforma la vida.

Asi que recuerda… AHORA es momento de disfrutar, de agradecer, de perdonar, de aceptar… simplemente es momento de

☀️VIVIR☀️